Cero Tolerancia


Todo tiene límites, también la tolerancia tiene los suyos. No es posible que todo se valga en este mundo y no pase nada. Los profetas de ayer y de hoy sacrificaron sus vidas porque alzaron su voz y tuvieron el valor de decir: “no te está permitido hacer lo que haces”. Hay situaciones en que la tolerancia significa complicidad con el crimen, omisión culposa, insensibilidad ética o comodismo.

En la visita a la tragedia del Dique, Eber, pescador de Soplaviento, me decía con lagrimas en sus ojos, en la entrada de su pueblo inundado: “reverendo, aquí, en este punto, los hombres de Soplaviento le resistimos y vencimos al Dique…no pudo con nosotros, pero nosotros no pudimos con la corrupción de quienes pudiendo hacer el trabajo donde era necesario no lo hayan hecho”.  No debemos tener tolerancia con aquellos que tienen la responsabilidad de preservar la vida y no lo hacen. Mucho menos con quienes instauran políticas e instituciones que son antros de corrupción. Contra estos debemos ser especialmente duros pues dilapidan el bien común. Hay que someterlos a controles severos.

No debemos ser tolerantes con los que asesinan inocentes, abusan sexualmente de los niños, trafican con órganos humanos. Cabe aplicarles duramente las leyes. No debemos ser tolerantes con quienes esclavizan a menores para producir más barato y lucrarse. Tampoco debemos serlo con la vergüenza del “pagadiario”. Hay una legislación dispuesta a corretearlos donde se metan. No debemos ser tolerantes con los terroristas que en nombre de su proyecto político, cometen crímenes y matanzas. Hay que detenerlos y llevarlos a juicio ante los tribunales. No debemos ser tolerantes con quienes falsifican medicamentos que producen la muerte de personas ni con este sistema de salud hecho, sólo, para los que tienen plata. No debemos ser tolerantes con las mafias del tráfico de armas ni con el narcotráfico, que incluye la tortura y  la eliminación física de personas. Hay castigos claros. No debemos ser tolerantes con prácticas que segregan a hombres y mujeres por su color, credo o religión. No hay que ser tolerantes con la prostitución promovida en esta ciudad y en cualquier ciudad del mundo. El cuerpo humano es para la grandeza y no para la profanación. Contra tales prácticas prevalecen los derechos humanos.

Pueden parecer muy duros mis comentarios pero es que en estos niveles no hay que ser tolerantes, sino decididamente firmes, rigurosos y severos. Esto es virtud de la justicia y no vicio de la intolerancia. De no hacerlo así, no tendremos principios y seremos cómplices del mal. La tolerancia ilimitada acaba con la tolerancia, así como la libertad sin límites conduce a la tiranía del más fuerte. Tanto la libertad como la tolerancia necesitan, por lo tanto, la protección de la ley. Si no, presenciaremos la dictadura de una única visión de mundo que niega todas las otras. El resultado es rabia y deseo de venganza, fermento del terrorismo. Donde se deshumaniza a las personas termina la tolerancia. Nadie tiene el derecho de imponer un sufrimiento injusto a otro.

Finalmente, ¿hay que ser tolerantes con los intolerantes? La historia ha comprobado que combatir la intolerancia con otra intolerancia conduce a un espiral de intolerancia. La actitud pragmática busca establecer límites. Si la intolerancia implica crimen y perjuicio evidente a otros, prima el rigor de la ley y la intolerancia debe ser limitada. Fuera de esta restricción legal, vale la libertad. Se debe confrontar al intolerante con la realidad que todos comparten como espacio vital, llevarlo al diálogo incansable y hacerle pensar en las contradicciones de su posición. El mejor camino es la democracia sin fin que se propone incluir a todos y respetar un pacto social común.