Sobre los Montes de María aún se palpan tibias y frescas las huellas de las pisadas del mensajero que nos vino a proclamar los nuevos caminos de la paz. Francisco el profeta, acarició nuestros oídos con su potente voz, llenando nuestras vidas de ardientes anhelos y esperanzas y enseñándonos el cómo y el por qué también nosotros debemos decidirnos a dar el primer paso para seguir las huellas de Aquel que no solo tomó la iniciativa de darlo, sino que se hizo, Él mismo, ese primer paso de Dios.

El alegre mensajero nos vino a traer noticias buenas. Dios abrió caminos en medio del desierto, senderos en medio de la guerra, la violencia y el desencuentro. Vino a traer la paz y la reconciliación entre los pueblos y los grupos humanos: La paz es posible, más allá de los endebles acuerdos que se firmen; el futuro está ahora a nuestro alcance, la esperanza es nuestro pasaporte: “Que este esfuerzo nos haga huir de toda tentación de venganza y búsqueda de intereses sólo particulares y a corto plazo. «Andar el camino lleva su tiempo»: Es a largo plazo. Cuanto más difícil es el camino que conduce a la paz y al entendimiento, más empeño hemos de poner en reconocer al otro, en sanar las heridas y construir puentes, en estrechar lazos y ayudarnos mutuamente” (Encuentro en el Palacio de Nariño con el cuerpo diplomático y representantes de la sociedad civil). El camino no se recorre él sólo, ¡tenemos que recorrerlo nosotros!

Hace muchos años la Fundación y sus aliados hemos venido ayudando a diseñar el trazado de la vía y hemos enseñado a los caminantes a dar pasos seguros y esperanzados. Las palabras y el ejemplo del Papa Francisco, sus exhortaciones llenas de fuego y de certezas, se constituyen en el mejor estímulo para continuar nuestra labor con mayor empeño y compromiso. Ahora sí que será difícil que algo o alguien nos detenga. Estamos dispuestos a dejar nuestra marca en el camino porque queremos ser también nosotros mensajeros de paz y portadores de buenas nuevas desde los Montes de María.